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Cultura e ideas · 11 de octubre de 2026

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Una nueva biografía revela la profunda fe del rey Balduino y su crisis por la ley del aborto

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David Travis / Unsplash

El historiador Vincent Dujardin ha publicado una biografía que examina cómo el rey Balduino de Bélgica mantuvo sus convicciones religiosas personales frente a una crisis política nacional, un acto que según el autor le granjeó respeto tanto dentro como fuera de su país. La obra se centra en la negativa del monarca a firmar una ley de aborto en mil novecientos noventa, un evento que pareció sumir a la nación y al propio soberano en una profunda incertidumbre, pero que finalmente demostró la integridad de su carácter auténtico, sincero y humano.

La formación espiritual del rey se remonta a su infancia temprana, marcada por la tragedia cuando su madre, la reina Astrid, falleció en un accidente de tráfico en mil novecientos treinta y cinco, momento en que Balduino apenas tenía cinco años de edad. Según relata el historiador, la muerte de su progenitora llevó al joven príncipe a cuestionarse sobre la vida después de la muerte y la naturaleza de la fe. Esta búsqueda interior quedó plasmada en sus primeros diarios personales con la frase mi salto hacia Dios, indicando que su creencia religiosa fue una inspiración constante que moldeó su visión del mundo y su conducta durante toda su existencia.

El conflicto más significativo de su reinado surgió tras años de debate sobre la legislación del aborto, una ley que Balduino sabía que no podía firmar en conciencia. A diferencia de su padre, el rey Leopoldo Tercero, cuya actuación durante la Segunda Guerra Mundial generó una larga crisis monárquica y su posterior abdicación, Balduino temía que su decisión provocara una división irreparable en la sociedad belga. Sin embargo, aconsejado por el papa Juan Pablo Segundo de seguir su propia conciencia y no por una imposición institucional de la Iglesia, el monarca determinó que no podía avalar la medida. Esta postura llevó al gobierno del primer ministro Wilfried Martens a declarar al rey en imposibilidad factual de gobernar durante treinta y seis horas, permitiendo que el consejo de ministros firmara la ley en su lugar antes de restituirle en sus funciones.

Contrario a los temores del soberano de ser depuesto o enviado al exilio, la resolución constitucional fue aprobada por unanimidad en el parlamento. Las encuestas de opinión pública revelaron que la mayoría de los ciudadanos belgas respetaban profundamente que el rey hubiera actuado conforme a sus convicciones íntimas. Este respeto trascendía las líneas partidistas, incluyendo a socialistas y liberales, quienes valoraban que el monarca, lejos de imponer su voluntad, dialogaba y respetaba las opiniones divergentes. Su esposa, la reina Fabiola, lo apoyó incondicionalmente durante este proceso, aunque el autor aclara que ella no influyó en la decisión final, siendo su contribución principal haber proporcionado felicidad al rey y liberarlo de la influencia paterna que lo había llevado a aceptar la corona con gran renuencia.

La biografía destaca también la dimensión apostólica de la fe de Balduino, quien veía en su cargo una oportunidad para dar testimonio ante jefes de estado y figuras prominentes, al tiempo que abrazaba el diálogo y la libertad religiosa promovidos por el Concilio Vaticano Segundo. Esta empatía se extendía a los ciudadanos comunes, como se ilustra en el incidente donde el rey, enterado del deseo final de un paciente hospitalizado en Bruselas de verlo, ajustó su agenda para visitar al enfermo de incógnito, demostrando una capacidad de escucha que hacía sentir a cada interlocutor como la única persona importante en ese momento.

Tras su muerte repentina el treinta y uno de julio de mil novecientos noventa y tres, la magnitud del afecto popular se hizo evidente con una fila de medio millón de personas esperando para rendirle homenaje. Su funeral contó con la presencia de cuarenta y cinco jefes de estado y líderes gubernamentales, una cifra sin precedentes que incluyó al emperador de Japón y a la reina Isabel del Reino Unido, quien rompió su tradición de no asistir a funerales de otros mandatarios. A pesar de esta veneración popular y los llamados de figuras eclesiásticas para su beatificación, el autor señala que existe más incertidumbre que certeza sobre si Bélgica tendrá algún día a un rey beato, dejando el juicio final abierto mientras se reconoce el legado de un gobernante que priorizó su conciencia sobre la conveniencia política.