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Tiempo ordinario

Iglesia mundial · 3 de noviembre de 2026

La liturgia del 3 de noviembre invita a imitar la humildad de Cristo y a aceptar la invitación al banquete divino

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Akira / Unsplash

La Iglesia celebra este martes de la semana treinta y uno del tiempo ordinario con lecturas que exhortan a los fieles a adoptar los mismos sentimientos que hubo en Cristo Jesús y a responder afirmativamente a la invitación al Reino de Dios. Las escrituras proclamadas durante la eucaristía presentan un llamado urgente a abandonar las excusas mundanas para participar en el banquete preparado por el Señor, enfatizando la necesidad de servir a los más pobres y marginados como reflejo del amor divino.

La primera lectura, tomada de la carta a los filipenses, describe cómo Cristo, siendo de condición divina, no consideró como una usurpación el ser igual a Dios. Sin embargo, se despojó a sí mismo tomando la condición de siervo y haciéndose semejante a los hombres. Este pasaje subraya que Jesús se humilló a sí mismo haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz. Como consecuencia de esta obediencia extrema, Dios lo exaltó y le otorgó un nombre sobre todo nombre, para que ante el nombre de Jesús se doble toda rodilla en el cielo, en la tierra y debajo de la tierra, y toda lengua confiese que Jesucristo es el Señor para gloria de Dios Padre. La reflexión litúrgica indica que no basta con admirar este misterio, sino que es necesario recorrer el mismo camino de renuncia a la propia autosuficiencia.

El evangelio según san Lucas narra la parábola de un hombre que preparó una gran cena e invitó a muchos. Cuando llegó la hora del banquete, envió a su siervo a avisar a los invitados que todo estaba listo. No obstante, todos comenzaron a excusarse de manera unánime. Uno alegó haber comprado un campo y necesitar ir a verlo, otro mencionó haber adquirido cinco yuntas de bueyes que debía probar, y un tercero declaró no poder asistir porque se había casado. Ante el rechazo de los primeros invitados, el dueño de casa se llenó de ira y ordenó a su siervo salir rápidamente por las calles y callejones de la ciudad para traer a los pobres, lisiados, ciegos y cojos.

Ante la indicación del siervo de que aún había lugar, el señor mandó extender la búsqueda por los caminos y los setos, obligando a entrar a quienes encontraran para que su casa se llenara. La sentencia final de la parábola advierte que ninguno de aquellos primeros invitados probará su cena, pues muchos son los llamados pero pocos los escogidos. La interpretación de estos textos conecta la narrativa con la vida litúrgica de la Iglesia, señalando que el año litúrgico es un resumen de la existencia humana como camino hacia el encuentro con Jesucristo.

La reflexión final plantea una pregunta directa a la conciencia de los creyentes sobre su participación en la eucaristía, identificada como el banquete al que Jesús invita cada domingo. Se cuestiona si los fieles permiten que asuntos urgentes o posesiones materiales impidan su asistencia, dejando vacío el salón del festín espiritual. El mensaje central insta a reconocer que quienes realmente participan en este banquete son aquellos que no esperan justicia del mundo, sino que saben humillarse ante Dios, imitando así la actitud de servicio y desprendimiento enseñada por Cristo.