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Iglesia mundial · 2 de octubre de 2026

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En Málaga, la fe que llega a las periferias

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Ivana Cajina / Unsplash

En Málaga, en el sur de España, la vibrante Málaga, entre la agitación del puerto y la vida turística, existe otro mundo: el mundo de los jóvenes marcado por la soledad, la inseguridad y un sentimiento de rechazo. Allí, entre las luchas diarias y las periferias humanas, la hermana Lucía López, Hija de la Caridad de San Vicente de Paúl, vive y presta su servicio. Un lugar donde la vida no se aprende en los libros, se toca con la presencia de la hermana. Entre los alumnos no hay solo niños españoles, sino también «alumnos gitanos, marroquíes, sudamericanos, ucranianos y chinos... niños y jóvenes que cargan sobre sus hombros mochilas mucho más pesadas que sus mochilas con los libros», afirmó la hermana Lucía. Algunos vienen de familias deshechas. Otros viven con etiquetas que les fueron pegadas antes de hablar. Muchos aprendieron demasiado temprano lo que significa sentirse rechazados. Jóvenes que provocan a los demás porque, en el fondo, temen que alguien acabe también por desistir de ellos. «Y, sin embargo, todas las mañanas sigo creyendo que Dios entra en el aula antes que yo», declaró la hermana Lucía respecto a su labor. Sin embargo, si se buscara una hermana Lucía con el hábito tradicional de religiosa, la búsqueda sería en vano. Como ella misma explicó, «mi hábito es muchas veces ropa de entrenamiento, calzado deportivo o una camiseta con capucha.

No porque quiera ocultar mi identidad, sino porque deseo entrar profundamente en la realidad que acompaño. Hay periferias donde primero es necesario aprender a estar presente antes de hablar de Dios». La misión principal de la hermana Lucía es la proximidad. Quiere estar presente donde la necesiten, aunque muchas veces no sea nada fácil. Estar junto de un adolescente que se rebela constantemente solo porque necesita saber si alguien es capaz de no abandonarlo. Animar a una niña que cree que nunca logrará nada porque nadie alguna vez le enseñó a creer en sí misma. «Permanecer al lado de un joven que afirma no creer en Dios, pero que cede cuando descubre que alguien lo trata con una ternura inesperada. Estar con una joven que se hace daño a sí misma porque no logra encontrar palabras para expresar todo lo que lleva dentro». La hermana Lucía trabaja entre pelotas, conflictos, desafíos, risas, abrazos, problemas disciplinarios y preguntas imposibles. Y precisamente allí, en medio de esas historias, descubre «que Jesús sigue vivo». Dios no se encuentra en la perfección ni en apariencias impecables, sino «en el barro de la existencia humana». En ese contexto, la evangelización comienza «cuando un joven vuelve a confiar en un adulto. Cuando una alumna descubre que su vida vale más de lo que los otros le hicieron creer.

Cuando alguien escucha, quizá por primera vez, las simples pero salvadoras palabras: «Tú tienes valor»». «No me considero una heroína. Soy una mujer común», dijo. Ser Hija de la Caridad hoy no significa hacer cosas extraordinarias. Significa permanecer apasionados incluso cuando la realidad es incómoda. «Significa continuar creyendo en las personas, incluso cuando ellas ya no creen en sí mismas». La hermana Lucía admitió: «hay días en que estoy completamente agotada. Días en que parece que nada está cambiando. Y, sin embargo, incluso en esos momentos, sigo convencida de una cosa: el Evangelio tiene un poder enorme cuando deja de ser teoría y se vuelve vida concreta». Tal vez esta sea una de las grandes vocaciones de la Iglesia hoy: no conquistar espacios, sino habitar las heridas humanas. No para buscar protagonismo, sino presencia. No para concentrarse en parecer fuerte, sino para aprender a ser profundamente humano. El mundo no necesita cristianos perfectos. «Necesita personas que puedan mirar a los otros a los ojos y decir con su vida: «No estás solo. Estoy contigo»